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La ruleta rusa del COVID-19

Un amigo que vive en Lima me mandó el video de Milagros Leyva donde cuenta lo vivido por la muerte de su hermana, que vivía en Alemania, víctima de coronavirus. Acá en Buenos Aires, con mi mujer y mis dos hijos estamos transitando la misma enfermedad, con una realidad distinta a la peruana y a la del país germánico.

Publicado: 2021-02-03


Desde ya casi un año, el mundo está atravesando por una espantosa e impredecible pandemia. Un tiempo largo y agotador que al principio no quedó otra opción que encerrarnos y ver qué decidían las autoridades de cada país. Hace 15 años vivo en Argentina y el no residir en Capital Federal representó una gran ventaja. Mi casa está en las afueras de Buenos Aires, me mudé a Banfield hace cuatro años y las calles de este barrio siempre están vacías. El pequeño centro, de esta localidad ubicada a 18 kilómetros de la capital argentina, consta de cinco cuadras y el flujo de gente no se compara en nada al de la Ciudad de la Furia.

Tras tanto tiempo de restricciones en todo el mundo, se nota el cansancio y el desgaste, y en esta parte del continente no es la excepción. En mi caso esas sensaciones fueron más marcadas debido a que pasé ocho meses sin un trabajo en dependencia, haciendo cosas freelance y sin un ingreso fijo. Siempre digo que para los adultos están obligados a sobrellevar esta nueva normalidad porque no les queda otra opción, pero la situación para los niños es más compleja, mis hijos perdieron todo el vínculo con sus compañeritos del jardín. Luca, de 5 años, terminó el nivel inicial y solo pudo ver a sus amiguitos la primera semana de marzo y luego en la clausura, que se hizo presencial y con los protocolos del caso.

Mi agotamiento mental del año pasado también se debe a que me tocó convivir con dos realidades: la argentina y la peruana. Mis viejos y mi hermana menor viven en Lima y desde acá observaba, sin poder hacer nada, lo que ocurría en Perú. Mientras que acá nos encerraron y comenzaron a preparar hospitales de campaña y sumaron camas UCI, que al final no se usaron; en Perú también aplicaron una cuarentena, pero ese tiempo de confinamiento fue tiempo muerto, se quedaron paralizados sin hacer nada y no se mejoraron las condiciones sanitarias y hospitalarias,

Sí, acá en Argentina tenemos más muertos que en Perú, pero también se debe de tomar en cuenta que este un país más grande y que tienen muchos más habitantes. A pesar de eso, hasta el momento no hemos pasados crisis como las del Perú, acá no se escucha de escasez de oxígeno, ni de gente que manda mensajes por Whatsapp preguntando si saben dónde hay una cama UCI. Es terrible que eso vuelva a suceder. Yo desde acá observaba desconcertado que la meseta de contagio la usaron para sacar presidentes y ventilar sus diferencias políticas, en vez trabajar para que no se repita lo que ocurrió en la primera ola. Esta segunda ola es el calco de la primera, incluyendo el desvío de atención de los temas urgentes por parte del poderes ejecutivo y legislativo, eso sumado al condimento de una campaña electoral en marcha.

Mientras que el Perú el nuevo encierro, por el aumento de muertes y contagios, volvió a imponerse; acá las cosas van aflojando. Después de las fiestas de fin de año, los casos comenzaron a aumentar y se restringió el horario de atención de bares y restaurantes, cabe aclarar que la atención es con mesas en la calle y con muy pocas en los salones. Hace unas horas, la provincia de Buenos Aires anunció que se extendieron las actividades nocturnas hasta las 2 de la mañana, decisión fundamentada en una meseta de contagios.

Con ese panorama tan distinto a lo que ocurre en mi querida Lima, un buen día nos tocó contagiarnos de ese virus del demonio. ¿Cómo fue? Imagino que ocurrió en el club al que vamos con mi familia. Estar lejos del mar, a cinco horas en autopista, nos obliga a recurrir a la pileta para enfrentar los 40 grados del verano bonaerense. Es curioso porque el primer síntoma lo tuvo mi hijo más chico una tarde de viernes en el club. Estábamos terminando el día cuando Pedrito, de cuatro años, me pidió upa. Raro en un niño tan inquieto como él. Ese día había hecho un calor infernal y pensábamos que era un “golpe de calor”, un término que conocí hace quince años cuando vine a vivir acá, algo impensado que ocurra en Lima. Llegamos a casa, lo bañamos y le dimos ibuprofeno. A la hora ya estaba saltando de lo más normal y poniendo de la cabeza la casa en compañía de su hermano. La noche la pasó de lo más normal, pero al mediodía del sábado vomitó. ¿Pensábamos que era COVID? Para nada. Tanto así que yo había quedado en jugar al fútbol con unos amigos y por la tarde, cuando el termómetro marcaba 37 grados, me fui a una cancha ubicada en Villa Crespo, en Capital Federal.

Al volver del fútbol, mis dos pequeños estaban de lo más normal, tanto así que nos arrepentimos de no haber ido al club ese sábado caliente. Por la noche hicimos un asado y nos fuimos a dormir. El domingo por la mañana, luego del desayuno, Pedrito volvió a vomitar. Listo, no se diga más, llamamos a un médico para que venga a casa. Por el tema de COVID, la doctora demoró ocho horas en llegar. Tampoco nos impacientamos tanto porque él estaba de lo más bien. Se metió con su hermano a la pileta que tenemos en la terraza y por la noche la especialista que vino a casa dijo que recomendaba hisoparlo. “Dudo mucho que sea COVID, pero hay que descartar”. La prepaga médica se iba a encargar a mandar a alguien a casa para tomarle la muestra.

Llegó el lunes y nadie tenía síntoma alguno. Yo me fui al trabajo, en Capital Federal, y cuando estaba por llegar a la estación de Constitución, terminal que está a ocho cuadras de mi oficina, mi esposa me llamó al celular y me recomendó volver a casa por un tema de precaución. Me comuniqué con mi jefe, le conté lo ocurrido y me dijo que labure desde casa. Al mediodía llegó una mujer a hisoparlo, lo vio tan bien a Pedrito que juraba que no tenía nada. El día transcurrió sin sobre saltos. El martes a eso de las 10 am nos llegó un mail con la palabra “detectable”. ¡Que complicados! ¿No podían poner positivo o negativo? Llamamos al laboratorio y nos dijeron: “Es positivo para COVID”.

Nos quedamos quietos unos segundos. Soy periodista y trabajo en el área de prensa de un ministerio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y mi trabajo implica estar al tanto de las noticias de la enfermedad, de los casos atípicos, las estrategias, las vacunas, etc; se me vino todo eso a la cabeza. Empezamos a avisar a las personas con las que habíamos tenido contacto estrecho en la semana previa a la aparición del primer síntoma en mi hijo más pequeño, eso incluía un asado familiar en una casa de campo en las afueras de Buenos Aires.

Quiero hacer una aclaración. Todo lo descrito, absolutamente todo, está autorizado por el gobierno nacional y provincial: ir a un club, reuniones de no más de 10 personas y jugar al fútbol cinco. ¿Por qué lo digo? Porque la noche del sábado, luego del asado en casa, me reuní virtualmente con unos amigos de Perú, uno de ellos médico, y fui blanco de las críticas de hacer cosas que no están habilitadas allá.

El miércoles mi hijo Luca, de cinco años, comenzó con una tos bastante persistente. Él a los largo de su vida ha tenido algunos pocos episodios de broncoespasmo y por ese motivo mi preocupación era grande. Lo llevamos a la clínica, lo hisoparon y como para que no quedara dudas del diagnóstico: positivo para COVID. Comenzamos con los inhaladores, como cuando le daban estos episodios, y comenzó a mejorar. Mi lado “Santa Natura” salió a relucir y comencé a darle té de kion, limón y miel, eso con una pastilla disuelta de vitamina D. A los tres días la tos había disminuido considerablemente.

Por las noches pensaba y pensaba sobre este virus del demonio. El bicho había viajado 19.000 kilómetros de Wuhan hasta Banfield para instalarse en casa. Venían a mi cabeza los números de fallecidos, los niños, los asintomáticos, la pulmonía silenciosa. De noche abrazaba a mis pequeños y rogaba que no les pasé nada. Hasta el jueves mi esposa no presentó ningún síntoma, luego comenzó con algo parecido a una gripe que le duró un día. Me tocaba, lo esperaba al bicho parapetado con mis tés de kion, limón y miel y con las tres pastillas de vitamina D que tomo a diario. Ha habido días en que he sentido mucho, mucho sueño, pero más allá de eso, nada más. ¿Por qué? No tengo idea. Eso te lleva a pensar que es una verdadera ruleta rusa esta maldita enfermedad, tal como dice Luc Montagnier, Nobel de Medicina, esta cosa fue inventada por un grupo de hijos de remil puta. ¿Qué es lo que determina que haya gente que muera, o que unos pasen semanas en una UCI y que otros sean asintomáticos? No lo sé y creo que no se sabrá en un buen tiempo. Seguro que en el 2060, van a desclasificar algún documento que diga quiénes fueron los responsables de más de un millón de muertes, para ese entonces ya habrán muchas vacunas, para las nuevas cepas y la “noticia” pasará como una anécdota.

Ahora estamos esperando el alta. Este viernes se cumplen 14 días desde la aparición del primer síntoma en casa, y de acuerdo al protocolo, ya podremos volver a la retorcida normalidad en la que nos vemos envueltos desde el año pasado.


Escrito por

Luis Vilchez Reyes

Periodista y otras hierbas. Vivo hace quince años en Buenos Aires, Argentina. Me gusta el rock de los 90 y los clásicos. TW: @lvreyes


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